Mi primer día, o mi primera tarde mejor dicho (nuestra primera tarde sería más exacto), fue emocionante. En poco tiempo, lo que pretendía ser una toma de contacto con la ciudad se convirtió en un paseo sin fin, paseo que no quería detener bajo ningún concepto, y en donde en cada esquina había un descubrimiento nuevo y apasionante. Pero empecemos por el principio.
El punto de partida fue nuestro hotel situado en la céntrica y comercial Vía del Corso, sin duda, una inmejorable localización. Previamente, en nuestro recorrido desde el aeropuerto sólo vimos la estación Termini, donde tomamos el metro hasta Piazza Spagna, para seguir caminando hacia el hotel.
Piazza Spagna me produjo sensaciones diversas, donde hubo un choque entre la imagen mental que tenía de la plaza y la realidad. Para empezar era bastante más pequeña de lo que me imaginaba, parecía mucho más cerrada, no había ni una flor, y la fuente de la barcaza me pareció bastante simple. Una impresión que enfrió mi estado de ánimo, aunque lo cierto es que ya venía bastante frío por tener que aguantar a las juventudes alemanas, grandes masas de jóvenes que se movían por metro todos juntos, metro que quizás es el peor que haya usado en mi vida.
Con el tiempo debo reconocer que esa sensación cambió, y aprecié a la plaza ya no sólo por la belleza que no encontré en un primer momento, sino también por ser uno de los muchos puntos de encuentro geniales de los que goza Roma. La escalera abarrotada de gente, aunque me generó bastante estrés, sería una de las imágenes que más eché de menos días después de la partida.
El paseo inicial no tenía destino final, sólo pretendíamos dar un paseo por las calles del centro. Si bien yo llevaba el mapa (y no habrá día que vaya de viaje sin uno en la mano), fue Antía la que propuso hacer un bello recorrido que va desde la Piazza Spagna hasta Piazza Navona.
Tras recorrer brevemente las calles comerciales que salen del Corso, y gozar de nuevo de una bella Spagna, nos dirigimos a Trevi. Si en el caso de Spagna mi imagen mental había chocado con la realidad de lo que era, en el caso de Trevi, simplemente tuve que borrar todo lo que traía de antemano. Ninguna foto ni descripción, ni vídeo, hace siquiera justicia a la belleza y enormidad de la fuente. Quedé estupefacto de que la fuente en cuestión era una fachada entera de un edificio, y la plaza es casi en su totalidad, fuente. Desde el primer día la Fontana di Trevi se convirtió en nuestro lugar preferido para descansar, donde siempre encontramos un sitio donde sentarnos, no sin dificultad. Pasamos largo tiempo mirando para ella, y unas cuantas monedas tiré.
El resto del paseo hasta Navona es también precioso. Uno encuentra restaurantes, puestos callejeros, y tiendas donde se encuentran esos artículos que no pueden faltar en un viaje de estas características. En el camino te topas con el Templo de Adriano, del que sólo quedan las columnas exteriores. Fue el primer momento donde aprecié la belleza de la Antigua Roma, y el comienzo de los despropósitos arquitectónicos que le siguieron. Uno contempla unas antiguas columnas enmarcadas por un horroroso edificio de cemento.
Antes de llegar a Navona, se pasa también por el Panteón, una enorme construcción romana que todavía se conserva entera casi en su totalidad. Cada pasada por allí, te lleva la vista al edificio en cuestión, enorme, aunque con la habitual suerte de nuestros viajes, tenía una gran parte en andamios.
Piazza Navona es impresionante no sólo por su arquitectura, que también, sino por su ambiente. Su forma rectangular alargada hace que puedas encontrarte dos mundos diferentes en una esquina y en la otra. Llegando a la piazza desde el Panteón, en la derecha, se sitúan los pintores. Por el otro lado, a la izquierda, es más habitual ver a los artistas que allí actúan. Todo, presidido por tres preciosas fuentes.
A partir de este momento me hice cargo de la ruta a seguir, y nos dirigimos a Campo de Fiori, para seguir por el Area Sacra y acabar en el monumento a Vittorio Emanuele en Piazza Venezia.
Campo de Fiori quizás no esté a la altura de otra plazas en belleza, pero el ambiente que se respira en la plaza es igualmente agradable. A pesar de su cercanía a Navona, parece un lugar totalmente diferente. Aquí la huella de turistas es bastante menor y el lugar parece pertenecer a una Roma ciudad más genuina.
El Area Sacra, fue el primer gran conjunto de ruinas de la Antigua Roma que vi. Me gustó especialmente por el hecho de saber que en ese lugar probablemente se dio muerte a Julio César, y me pareció por un instante que estaba contemplando la escena. Habrá quien sólo vea piedras, pero allí vi el comienzo de un Imperio y el fin de la República , porque la muerte de César no consiguió evitar su fin. El resultado, la persecución y muerte de los asesinos, y el primer emperador Romano, Octavio, que sería emperador con el nombre de César Augusto.
Pero este lugar lo recordaremos también por habernos encontrado con Roberto Benigni, ese particular personajillo que grabó una maravillosa y alegre película en el marco de la 2ª Guerra Mundial, algo difícil de hacer. Película por cierto, grabada en gran parte en la preciosa localidad de Arezzo, que ya tuvimos la oportunidad de ver en nuestro viaje por la Toscana. Pasó junto a nosotros rozándonos, se metió en una pizzería y salió después de un rato con dos cajas (de pizza claro) en las manos, para meterse en su mercedes mal aparcado (es italiano después de todo), para marcharse.
El monumento a Vittorio Emanuele refleja la evolución de sentimientos más importante en mí, pero no lo voy a reflejar ahora. Diré en todo caso, que en ese momento me quedé con la idea de que es una enorme construcción de mármol, preciosa, que impresiona.
Bien, la idea era dar un paseo, pero por el camino Antía me había venido advirtiendo de que si seguíamos así, acabaríamos en el Coliseo. Así fue, cuando me enseñó que el mismo se ve ya desde la Piazza Venezia. Por supuesto, alargamos el paseo hasta allí, pero dando un rodeo por la Piazza del Campidoglio. Subimos por la escalinata diseñada por Miguel Ángel, que sube desde una horrible carretera ruidosa hasta la tranquilidad de la plaza. Es otra Roma, del renacimiento, aunque en el centro predomina la estatua de Marco Aurelio (una réplica, porque la original se encuentra en los museos capitolinos, situados en la misma plaza). Marco Aurelio parecía posar diciendo, “Me voy para Germania a darle una patada en el culo a esos bárbaros”. En todo caso es una plaza diferente, sin el ambiente que tienen Trevi, Navona o Spagna, algo que compensa con creces por belleza. Hay un componente que le otorga más puntos, el hecho de estar en la cima Capitolina, de las más importantes de las siete cimas en donde se fraguó la historia de la ciudad. En donde estuvo además el más importante Templo, el dedicado a Júpiter. Una parte de este templo, se puede ver también en los museos capitolinos. Siguiendo una bajada hasta Via dei Fori Imperiale, uno deja a un lado el foro romano, difícil de apreciar de noche, pero que supuso una primera visión del glorioso pasado de la ciudad.
Y llegamos al Coliseo, un enorme edificio circular ligeramente ovalado donde se celebraban los espectáculos para el populacho. Impresionante, me quedé con las ganas de entrar, pero habría que esperar unos días, para cuando teníamos las entradas.
Y por supuesto, para acabar la tarde en Roma, pasamos por la saturada Trevi y Spagna de camino al hotel, porque no podíamos acabar en otro sitio.
Sigo sin poder responder a la primera pregunta: ¿Se puede ver Roma en una tarde?