Para mí, Roma no es la Antigua Roma. Forma parte de su pasado, cierto, pero forma también parte del pasado de las civilizaciones mediterráneas, y de la cultura occidental. Así que, a la fuerza, la historia de Roma es la historia de Occidente. Fue tal el esplendor de la Roma Antigua, que uno se puede llegar a preguntar si la Roma actual ha evolucionado lo suficiente para estar a la altura de aquella.
Pero comencemos por el principio.
Hace muchos años ya, un juego de ordenador, uno de esos que todavía funcionaban en MS-DOS, entró en mi vida. Centurion era un juego históricamente acertado si bien no exacto al 100%, en el que había, sencillamente, que invadir todos los pueblos que acabaron formando parte de la futura Roma. Y alguno más. Recuerdo que solía jugar con Scipius Africanus, mi general favorito de los que ofrecía el juego y con el que se empezaba la aventura (el general podía vivir 300 años, y coincidir con otros generales de épocas distintas, como Marco Antonio), y me gustaba conquistar territorios con solamente con él. Este fue de alguna manera mi primer contacto con Roma, la Antigua, y también con uno de los mayores generales de Roma, Publio Cornelio Escipión, al que Santiago Posteguillo dedicó recientemente una trilogía de lectura más que recomendable.
Desde entonces, fueron varios los libros de romanos, las consultas a Internet, y el imperium, un juego más moderno de ordenador, pero capaz de detallar algunas de las batallas y la historia de Roma de manera acertada a través del ocio.
Roma no podía ser, de ninguna manera, un viaje que podía esperar. En muchas ocasiones me repetía a mí mismo que no podía ir todavía, pensando que me faltaba preparación para contemplar el maravilloso mundo romano. Mi ilusión pretendía ser llegar a la ciudad romana y que fuese imposble pasar por delante de algo que no supiese lo que era. Hoy reconozco, que eso es inaudito, pues Roma, la Roma antigua, es simplemente inabarcable.
Además, había llegado a un punto en el que no podía esperar, tenía ganas de entrar en el foro, contemplar sus edificios, observar las majestuosas columnas, luchar en el circo romano, caminar, de alguna manera, por las mismas calles por las que caminaron algunos de los mejores estrategas de la historia, en la historia de una ciudad que extendió sus límites muy lejos, con su arte, arquitectura… sin olvidar todo lo que conllevaba Roma, la esclavitud, el odio, saqueo, la guerra, la dominación religiosa, la estratificación social…
El foro de Roma son ruinas, pero ruinas que ayudan a formarse una ligera idea de cómo era la ciudad. La colina palatina se observa muy bien, al igual que la capitolina, pero el resto que las rodean están contaminadas por el presente. Es decir, el foro, ese punto de reunión en la zona inferior de las colinas, no se vislumbra igual que antaño, en el marco de la ruma romana. Pero es difícil hacer imaginación allí, quizás por la poca información dentro del propio foro, y por la ignorancia de uno. Lo más característico es el templo de Vesta, de forma circular. Otros edificios sólo conservan las columnas. El palatino, y las domus que hay en el mismo, dejan ver, aunque de forma muy sutil, el origen del ego de los propietarios de mansiones; el tamaño importa. Es por ello que el Coliseo romano es símbolo de Roma, y no tanto el foro, ya que su aspecto exterior, tan enorme, nos recuerda la especulación urbanística de hoy en día para hacer grandes recintos y tener ocupado al pueblo.

Existe la creencia, o por lo menos me ha llegado muchísimas veces este rumor, de que no vale la pena entrar dentro del Coliseo, pues supone una decepción. A mi modo de ver se corresponde con una forma simplista de ver el mundo, aunque evidentemente cada uno tiene su forma subjetiva para racionalizar lo que observa. Es acaso una canción sólo una canción, es el camino de santiago sólo una pista de atletismo, es Alfonsito sólo una persona más. Todo los que nos rodea está lleno de significados, y es lo que vemos, lo que significa, y lo que fue. El coliseo por dentro es simplemente impresionante, uno observa los distintos niveles del mismo, el espacio del que se componía, su diseño para adaptarse a los espectáculos más raros… habrá quien haya visto sólo un montón de piedra, pero yo vi un estadio, con tierra en el suelo, y un espectáculo donde se derramaba la sangre del vencido, esperando a que el césar dictara clemencia o muerte.
Es ilógico además que exista esta idea en el coliseo y no en el foro, que no son más que muchas ruinas. Entonces, qué sentido tiene el Área Sacra, si no es por lo que significa por sus hechos, el asesinato del primer césar.
Recientemente se abrió el nivel superior a las visitas, por lo que es la excusa perfecta para volver, con deseos de abran algún día la parte inferior. Parece ser que la visión desde este nivel superior es impresionante, tanto es así que este hecho acabará simplemente con los rumores.
Pero hay mucho más de la Roma Antigua, inabarcable, como decía. Hay algo casi en cada rincón de la ciudad, en el lugar menos esperado. En un momento dado, si me hubiese encontrado un trozo de columna como maceta pública, no me hubiese sorprendido. Los museos capitolinos son una visita obligada en este sentido. Observar a la loba capitina, la estatua de Hércules, o la estatua original de Marco Antonio (la de la plaza es una réplica), son algunas de las atracciones. Pero tenía muchas ganas de ver restos del templo de Júpiter, el más importante de su época. Absténganse los citados anteriormente, sólo verán piedra. Una de las cosas que más me gustaron, además de innumerables bustos, fue ver la lista de cónsules de Roma, amplísima, tanto que no busqué (al menos no mucho tiempo) los nombres de mis favoritos.
Hay también lugares que aparecen y no están, que existen de alguna manera pero no se pueden ver. Después de leer el libro Roma de Steven Saylor, tenía muchas ganas de ver el Ara Máxima, o lo que es lo mismo, el lugar sagrado dedicado a Hércules, desde los comienzos de la ciudad, antes incluso que su propia fundación. Este lugar no existe. O la roca Tarpeya. En su lugar uno encuentra un parque algo siniestro. Así que difícilmente pude imaginar cómo los romanos tiraban contra la piedra a los prisioneros u otros condenados a muerte.
Y qué decir del Panteón. Hoy iglesia también, pero mantenido por un ministerio, es un edificio impresionante. Cuando uno ve este tipo de edificios, debe ser capaz de entender la cantidad de años que llevan en pié. No quiero imaginar lo que uno debe sentir ante las pirámides egipcias. Es curioso ver gente rezando, pero si eso ha servido para mantenerlo en pié, pues bien. Mejor eso, que construirle encima, que a fin de cuentas es lo que se ha hecho en el vaticano.

Y por último, y deseando acabar esta entrada, es el momento de manifestar, después de pensarlo mucho, mi odio por el monumento a Vittorio Emanuelle. Una primera mirada, te hace observar un bonito palacio blanco mármol, que engrandece una plaza maravillosa. Hay otra mirada, que busca todo lo que ha significado este edificio. Existen muchos significados, y uno debe elegir si a pesar de los pesares debe aceptarlo. Es un hecho que el edificio está ahí, y habrá que convivir con él. Por tanto, la decisión está en si te gusta o no, porque la eliminación es imposible. Entonces uno decide que es un edificio bonito. Pero qué ocurre cuando uno se empapa de pasado en el foro y a lo lejos observa con horror una mole blanca, que estropea la visión. Pues sencillamente, que es una mierda de la cual es imposible sentirse orgulloso. Estropea la visión del propio foro, emsobrece la belleza de la colina capitalina, es decir, sólo aporta ostentosidad, pero nulo sentido en el conjunto de esa Roma.
Me han contado además, un proyecto para cerrar la Vía del Fiori Imperiale, esa horrible carretera que cruza por el medio de la Roma antigua. La idea es dar a la luz todo lo que se esconde debajo. El proyecto será de difícil ejecución mientras se viva en una sociedad tan dominada por el coche. Y más en Roma, con un transporte público que no es el de otras grandes ciudades, precisamente por toparse por un pasado tan grande.
Sin embargo, creo que Roma se lo debe a sí misma. Que quiten esa carretera… y de paso tiren esa mierda de palacio de una vez.
Pero comencemos por el principio.
Hace muchos años ya, un juego de ordenador, uno de esos que todavía funcionaban en MS-DOS, entró en mi vida. Centurion era un juego históricamente acertado si bien no exacto al 100%, en el que había, sencillamente, que invadir todos los pueblos que acabaron formando parte de la futura Roma. Y alguno más. Recuerdo que solía jugar con Scipius Africanus, mi general favorito de los que ofrecía el juego y con el que se empezaba la aventura (el general podía vivir 300 años, y coincidir con otros generales de épocas distintas, como Marco Antonio), y me gustaba conquistar territorios con solamente con él. Este fue de alguna manera mi primer contacto con Roma, la Antigua, y también con uno de los mayores generales de Roma, Publio Cornelio Escipión, al que Santiago Posteguillo dedicó recientemente una trilogía de lectura más que recomendable.
Desde entonces, fueron varios los libros de romanos, las consultas a Internet, y el imperium, un juego más moderno de ordenador, pero capaz de detallar algunas de las batallas y la historia de Roma de manera acertada a través del ocio.
Roma no podía ser, de ninguna manera, un viaje que podía esperar. En muchas ocasiones me repetía a mí mismo que no podía ir todavía, pensando que me faltaba preparación para contemplar el maravilloso mundo romano. Mi ilusión pretendía ser llegar a la ciudad romana y que fuese imposble pasar por delante de algo que no supiese lo que era. Hoy reconozco, que eso es inaudito, pues Roma, la Roma antigua, es simplemente inabarcable.
Además, había llegado a un punto en el que no podía esperar, tenía ganas de entrar en el foro, contemplar sus edificios, observar las majestuosas columnas, luchar en el circo romano, caminar, de alguna manera, por las mismas calles por las que caminaron algunos de los mejores estrategas de la historia, en la historia de una ciudad que extendió sus límites muy lejos, con su arte, arquitectura… sin olvidar todo lo que conllevaba Roma, la esclavitud, el odio, saqueo, la guerra, la dominación religiosa, la estratificación social…
El foro de Roma son ruinas, pero ruinas que ayudan a formarse una ligera idea de cómo era la ciudad. La colina palatina se observa muy bien, al igual que la capitolina, pero el resto que las rodean están contaminadas por el presente. Es decir, el foro, ese punto de reunión en la zona inferior de las colinas, no se vislumbra igual que antaño, en el marco de la ruma romana. Pero es difícil hacer imaginación allí, quizás por la poca información dentro del propio foro, y por la ignorancia de uno. Lo más característico es el templo de Vesta, de forma circular. Otros edificios sólo conservan las columnas. El palatino, y las domus que hay en el mismo, dejan ver, aunque de forma muy sutil, el origen del ego de los propietarios de mansiones; el tamaño importa. Es por ello que el Coliseo romano es símbolo de Roma, y no tanto el foro, ya que su aspecto exterior, tan enorme, nos recuerda la especulación urbanística de hoy en día para hacer grandes recintos y tener ocupado al pueblo.
Existe la creencia, o por lo menos me ha llegado muchísimas veces este rumor, de que no vale la pena entrar dentro del Coliseo, pues supone una decepción. A mi modo de ver se corresponde con una forma simplista de ver el mundo, aunque evidentemente cada uno tiene su forma subjetiva para racionalizar lo que observa. Es acaso una canción sólo una canción, es el camino de santiago sólo una pista de atletismo, es Alfonsito sólo una persona más. Todo los que nos rodea está lleno de significados, y es lo que vemos, lo que significa, y lo que fue. El coliseo por dentro es simplemente impresionante, uno observa los distintos niveles del mismo, el espacio del que se componía, su diseño para adaptarse a los espectáculos más raros… habrá quien haya visto sólo un montón de piedra, pero yo vi un estadio, con tierra en el suelo, y un espectáculo donde se derramaba la sangre del vencido, esperando a que el césar dictara clemencia o muerte.
Es ilógico además que exista esta idea en el coliseo y no en el foro, que no son más que muchas ruinas. Entonces, qué sentido tiene el Área Sacra, si no es por lo que significa por sus hechos, el asesinato del primer césar.
Recientemente se abrió el nivel superior a las visitas, por lo que es la excusa perfecta para volver, con deseos de abran algún día la parte inferior. Parece ser que la visión desde este nivel superior es impresionante, tanto es así que este hecho acabará simplemente con los rumores.
Pero hay mucho más de la Roma Antigua, inabarcable, como decía. Hay algo casi en cada rincón de la ciudad, en el lugar menos esperado. En un momento dado, si me hubiese encontrado un trozo de columna como maceta pública, no me hubiese sorprendido. Los museos capitolinos son una visita obligada en este sentido. Observar a la loba capitina, la estatua de Hércules, o la estatua original de Marco Antonio (la de la plaza es una réplica), son algunas de las atracciones. Pero tenía muchas ganas de ver restos del templo de Júpiter, el más importante de su época. Absténganse los citados anteriormente, sólo verán piedra. Una de las cosas que más me gustaron, además de innumerables bustos, fue ver la lista de cónsules de Roma, amplísima, tanto que no busqué (al menos no mucho tiempo) los nombres de mis favoritos.
Hay también lugares que aparecen y no están, que existen de alguna manera pero no se pueden ver. Después de leer el libro Roma de Steven Saylor, tenía muchas ganas de ver el Ara Máxima, o lo que es lo mismo, el lugar sagrado dedicado a Hércules, desde los comienzos de la ciudad, antes incluso que su propia fundación. Este lugar no existe. O la roca Tarpeya. En su lugar uno encuentra un parque algo siniestro. Así que difícilmente pude imaginar cómo los romanos tiraban contra la piedra a los prisioneros u otros condenados a muerte.
Y qué decir del Panteón. Hoy iglesia también, pero mantenido por un ministerio, es un edificio impresionante. Cuando uno ve este tipo de edificios, debe ser capaz de entender la cantidad de años que llevan en pié. No quiero imaginar lo que uno debe sentir ante las pirámides egipcias. Es curioso ver gente rezando, pero si eso ha servido para mantenerlo en pié, pues bien. Mejor eso, que construirle encima, que a fin de cuentas es lo que se ha hecho en el vaticano.
Y por último, y deseando acabar esta entrada, es el momento de manifestar, después de pensarlo mucho, mi odio por el monumento a Vittorio Emanuelle. Una primera mirada, te hace observar un bonito palacio blanco mármol, que engrandece una plaza maravillosa. Hay otra mirada, que busca todo lo que ha significado este edificio. Existen muchos significados, y uno debe elegir si a pesar de los pesares debe aceptarlo. Es un hecho que el edificio está ahí, y habrá que convivir con él. Por tanto, la decisión está en si te gusta o no, porque la eliminación es imposible. Entonces uno decide que es un edificio bonito. Pero qué ocurre cuando uno se empapa de pasado en el foro y a lo lejos observa con horror una mole blanca, que estropea la visión. Pues sencillamente, que es una mierda de la cual es imposible sentirse orgulloso. Estropea la visión del propio foro, emsobrece la belleza de la colina capitalina, es decir, sólo aporta ostentosidad, pero nulo sentido en el conjunto de esa Roma.
Me han contado además, un proyecto para cerrar la Vía del Fiori Imperiale, esa horrible carretera que cruza por el medio de la Roma antigua. La idea es dar a la luz todo lo que se esconde debajo. El proyecto será de difícil ejecución mientras se viva en una sociedad tan dominada por el coche. Y más en Roma, con un transporte público que no es el de otras grandes ciudades, precisamente por toparse por un pasado tan grande.
Sin embargo, creo que Roma se lo debe a sí misma. Que quiten esa carretera… y de paso tiren esa mierda de palacio de una vez.
Muy bueno!!!!! La próxima vez que vaya a Roma iré al Coliseo, espero que no tarde mucho en ir....
ResponderEliminarjoder¡¡¡ vuelves a postear¡¡¡¡ que puntazo¡¡¡
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